El diario escrito es una práctica muy curiosa. Es una obra
literaria de un autor para un único lector: él mismo. Es una liberación, una
manera de exteriorizar sentimientos, de desahogarse o simplemente analizar
experiencias vividas para reflexionar sobre ellas.
Se trata de una obra íntima, una obra en la que escribir libremente cualquier
aspecto personal que jamás se le contaría a otra persona. De hecho, algunos diarios
disponen de cerradura para evitar que otros lectores puedan acceder a los
escritos íntimos que este contenga.
Roberto Cueto, en su texto Vlogma: El videoblog o la privacidad globalizada, se pregunta por
el origen de estos diarios: “El diario parece consecuencia directa de cierto
aumento de la privacidad en la historia social occidental. Al tiempo que se
produce un crecimiento de la población que amenaza con convertir al hombre en
número, surge la necesidad del nombre, de una individualidad que se manifieste
como única e intransferible.”
La historia del ser humano se ha basado siempre en la
convivencia en grupo, en la vida en comunidad: todos forman parte de un todo y
todos hacen su parte para que el todo funcione. Ahora surge esa necesidad de
individualidad de cada uno de los individuos que componen esa comunidad, una
necesidad de ser algo más que una parte de un todo, una necesidad de ser un
“todo individual”.
Por lo tanto, la necesidad de escribir un diario se debe a la necesidad de
emplear el tiempo de ocio (alejado del tiempo de trabajo en grupo) en uno
mismo, en la individualidad de cada autor.
Pero el mundo se ha seguido moviendo, y con él, el diario.
Donde hace años, la noche frente al televisor representaba “un momento
familiar”, ahora los jóvenes emplean esta misma noche en sentarse frente al
ordenador. Y no es de extrañar, como hemos dicho, el ser humano necesita
reivindicar su individualismo y huir de vez en cuando del grupo, de ese orden
familiar y ese gobierno patriarcal.
Donde años antes el ser humano expresaba su individualismo en su diario, ahora
lo hacen… también en su diario, pero ya no en papel, sino en su ordenador, en
internet. Es lo que conocemos como blog.
El blog es la evolución directa del diario escrito como
consecuencia de la digitalización que venimos años sufriendo en todos los
aspectos de nuestra vida. Donde antes encontrábamos un cuaderno con una
llavecita ahora encontramos un ordenador con una contraseña. Pero hay una gran
diferencia, como dice Roberto Cueto “Si el diario pertenece al ámbito de lo
íntimo, los blogs son, en cambio, más propios del ámbito de lo privado. La
privacidad es esa tierra fronteriza entre lo íntimo (no exteriorizable) y lo
público (exteriorizable): sus materiales son exteriorizables exclusivamente a
una serie de individuos que cuentan con el permiso adecuado”. Y es que, si el
autor de un diario escrito guarda por todos los medios que nadie lea las
intimidades que escribe, el autor del blog no se arriesga a escribir asuntos
demasiado íntimos, ya que su fin es precisamente que alguien lo lea.
De esta manera existe otro equilibrio (a parte del
mencionado entre íntimo y público): ya no hablamos ni de vida comunal, ni de
individualismo, pues el autor del blog escribe en solitario, para sí mismo,
pero se siente parte de una comunidad cuando otros “bloggers” leen su blog e
incluso le añaden comentarios.
La exteriorización de sentimientos, análisis y reflexión de experiencias deja
poco a poco de tener importancia, y el número de lectores se convierte en lo más
relevante. El blogger deja de dedicarse ese tiempo libre a sí mismo para
dedicárselo a sus lectores, y para ello comienza a seguir las normas de todo
“buen blog”: inmediatez cronológica, frecuencia, enfoque…todo ello para
satisfacer más los deseos de los lectores que los del autor (todo lo contrario
a lo que ocurre con el diario escrito original).
Esta evolución del diario escrito se convierte en un ejemplo
más de cómo la globalización y digitalización destruye poco a poco nuestras
personalidades y nuestra individualidad para convertirnos en exclavos de la
digitalización. El valor personal ya no existe, sólo la opinión que los demás tienen de nosotros, a través de lo que escribes y compartes con el resto del mundo.

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